sábado, 24 de octubre de 2015

Tres lecciones desde Kurdistán

Tres lecciones desde Kurdistán

Resultado de imagen para kurdistan

A caballo entre la crisis de los refugiados made in Berlín, la guerra en Siria, -que les ha llevado a las portadas internacionales-, la situación con el gobierno de Turquía y los esfuerzos por avanzar en su autoorganización política e institucional, el Kurdistán no se puede entender leyendo un par de entradas en Wikipedia.
A medida que se acercan las elecciones del 1 de Noviembre, la tensión va en aumento en la región. Pocos días antes de aterrizar, las crónicas de prensa hablaban de detenciones de activistas, de las batallas que se libraban en el barrio de Sûr entre las fuerzas especiales turcas y las YDG-H, -las unidades de defensa juvenil-, y de los muertos que se cobraba cada manifestación. Cuando llegamos, Amed (Diyarbakir) nos recibía con su bullicio y su amabilidad: no parecía una ciudad donde al caer la noche se impusiera el toque de queda y la realidad cambiase radicalmente. Pero así era, aunque a menudo te enteres antes por tu Smartphone que por el ruido de las ambulancias.
Moría gente tras cada enfrentamiento, se detenía a activistas sin pruebas todos los días, a pocos kilómetros de nuestro hotel, sin ruido alguno para nosotros. Era una sensación extraña, de calma tensa, de no entender mucho pero si lo suficiente –cuando cruzas conversaciones, cuando paseas por las calles, si observas sus muros, si te topas con las barricadas en las comisarías- para saber que en Amed hay un pueblo digno que está sufriendo una represión feroz.
Al marcharnos, el 12 de Octubre, arrancaba la huelga general convocada tras el asesinato de casi 100 militantes de la izquierda prokurda en Ankara. Esas bombas sabían bien a quién reventaban y la amenaza que suponía para el status quo –y no sólo el turco- la fuerza de un movimiento progresista en la región. Volábamos hacia Estambul cuando ocurrió. Nada indicaba que eso – el atentado más sangriento de la historia moderna turca- hubiera pasado, ni en las pantallas del aeropuerto ni en la radio del taxi. Seguimos a través la ciudad el rastro de furgones blindados y helicópteros hasta la manifestación espontánea de miles de personas que se dirigía a la plaza Taksim, actualmente abierta en canal por unas oportunas obras (¡qué casualidad!). No entendíamos los eslóganes, ni los gritos, ni algunos de los gestos, pero se sentía muy cercana. Supongo que hay sentimientos que son universales. La rabia, tristemente, es uno de ellos.
Con este panorama, y siendo alguien que se topaba por vez primera con el Kurdistán –en todos los sentidos-, profundizar ha sido una asignatura pendiente. Pero contando con ayuda de locales y también de voces expertas que habían cogido la mochila para vivir en Amed, estos días han servido para aprender al menos tres lecciones que difícilmente pueden olvidarse. Lecciones para mujeres, para activistas y para valientes en general.
Organización, acción, revolución.
En mi enorme suerte de conocer el trabajo del KJA en su espacio comprendí lo mucho que nos queda por aprender. El KJA o Congreso de Mujeres Libres hereda las cuatro décadas de lucha, historia y experiencia de las mujeres kurdas. De los logros y de los fracasos, de las torturas y violaciones en prisión, de las compañeras caídas, de las 1000 que aún están encarceladas, pero también de las que han sobrevivido y hoy son ejemplo para contarlo, de todo eso son herederas y transmisoras. KJA es una organización paraguas y confederal de mujeres, basada en el autogobierno, la autodeterminación y la solidaridad de y entre éstas. Reúne personas con diferentes creencias y culturas, de diferentes comunidades de la geografía mesopotámica, fruto del contexto de diversidad cultural donde ellas pretenden expresarse y trabajar. El KJA cuenta con diferentes comités y órganos de decisión bajo el principio de comunas y asambleas a niveles regionales, distritales, vecinales o comunales.
Su objetivo es claro: “una sociedad libre solo puede serlo con la libertad de la mujer”, por eso la lucha del pueblo kurdo es una lucha de mujeres.
Lo tienen muy claro y hablan sin ambages, sin hipocresías ni ambigüedades tácticas. Quizá esa sea una de sus fuerzas: la lucha organizada, admiten, es la única vía para acabar con las ideologías racistas, sexistas y militarizadas. Les inspiran mujeres bravas, bravísimas, como Sakine Cansiz o Binevs Agal, pioneras en los complejísimos años 80. Ellas son el símbolo de la resistencia en Kobane, la revolución social y también de la lucha contra el ISIS –sí amigas, había kurdas antes del ISIS, aunque no estuvieran de moda, cuando eso del PKK sonaba anticuado, militarizado y comunista, antes de que la vanguardia de la posmodernidad feminista hubiera reparado en ellas-.
Entienden la dominación masculina como ejercida en todos los ámbitos: familia, sociedad, Estado. Sólo en 1992 pudieron acabar con la ley que exigía el permiso paterno o conyugal para que una mujer pudiera acceder a actividades públicas –similar al que sometía a las mujeres del nacionalcatolicismo franquista-. Si podían hacer la guerrilla en las montañas, había que hacerla también en los hogares, en las ciudades, en las instituciones. Y se pusieron manos a la obra.
Por eso toman muy enserio su espacio en los partidos políticos. Todos los sectores militantes cuentan con Comisiones de Mujeres, se establecen cuotas en los partidos y medidas tan interesantes como expulsar al compañero que se descubre polígamo o maltratador de inmediato de sus filas. Y todo esto se ha fijado en el papel. El peso de su voz y voto está diseñado para evitar bloqueos y sabotajes.
El HDP, que canaliza gran parte de este movimiento por la vía institucional es el primero en el mundo en haber establecido un sistema de representación equitativo, el co-chair. Los kurdos nos lo han recordado a menudo estos días: es un motivo de orgullo, no en vano le llaman “el partido de las mujeres”. Cuando establece candidaturas, el partido emplea una cuota de 10% para la comunidad LGBT y una cuota de 50% para las mujeres.
Pero no es sólo una cuestión partidista: Las mujeres kurdas se han autoorganizado en partidos políticos, pero también y desde hace tiempo en otras estructuras como agencias de noticias, centros culturales, cooperativas de economía femenina, espacios propios para la Mujer, y paralelamente desarrollando, por ejemplo, políticas públicas en torno a información para la violencia de género, a la conciliación y al empleo femenino. Hay academias, cooperativas, eventos, acciones, campañas. Una envidiable red de solidaridad y trabajo diario.
La lucha en Kobane les ha puesto en el punto de mira –nunca mejor dicho- pero insisten en que no es sólo lucha armada.[1] Esta autodefensa femenina se articula a través de estructuras militares, económicas, políticas. La revolución Social de Rojava está siendo también clave para el desarrollo de las mujeres de la región y ha servido para empoderar entornos rurales y cuestionar estructuras que llevan siglos enraizadas en esos espacios. Las guerrillas de mujeres que se instalan influyen en estas comunidades, generan sistemas comunales y ecológicos de convivencia, echan raíces para poder crecer.
La Jineología: de nosotras, para nosotras
El concepto de Jyneology no es solo una abstracción: es una realidad encarnada en la Academia de la Mujer en Diyabakir que funciona a pleno rendimiento. Y es también una práctica: La Jyneologia representa la base conceptual para la revolución que está teniendo lugar en Rojava.
Pero ¿qué significa? Quizá para entenderlo es mejor comenzar por preguntarse por qué lo necesitamos. Entendiendo que la dominación masculina se ha perpetuado a través del Estado y sus estructuras como marco de la misma, el acceso al conocimiento y las ciencias ha estado siempre masculinizadas: religión, filosofía, economía, filosofía, todo ha sido enfocado a perpetuar las estructuras de hegemonía del hombre sobre la mujer en la construcción de un sistema social que sirviese al capitalismo. Pero las mujeres ya estaban escribiendo la historia antes de que el hombre, a través de la violencia y la acumulación de poder, sometiera a la mujer esclavizándola en el hogar, convirtiéndola en cautiva de su propia casa. Ellas fueron las primeras científicas del mundo: testaron las primeras medicinas, también fueron las primeras diosas de un culto a la vida y la naturaleza y no a dioses temibles y vengativos. Ellas fueron las encargadas de organizar las primeras comunas neolíticas en una suerte de socialismo primitivo claramente matricéntrico. Esas sociedades no se basaban en una división del trabajo enraizada en las relaciones de poder y propiedad privada, sino en la solidaridad y el respeto a lo común.
La jineología propone desprenderse de las dicotomías que han servido para justificar esta dominación, empezando por la de hombre y mujer, reproduciendo el sexismo social. Literalmente, la “ciencia de la mujer” –la raíz jin significa mujer, vida, vitalidad- es también la ciencia de la vida. Su objetivo es convertir los valores de lo femenino en ciencia, algo que se nos ha negado históricamente. Se articula así un acercamiento crítico a todas las ciencias y estructuras de aprendizaje, desarrollando una epistemología propia que genere conocimiento y conciencia. Llama especialmente la atención su vindicación de una fuerte conciencia económica de las mujeres y su concepción de la Economía en origen como algo genuinamente femenino a través de una teoría del valor-trabajo de la mujer para la superación del monopolio “de los brokers, banqueros, los stake holders, y el propio Estado”.
Así pues, la jineología es una sociología de la liberación, que estructura una dialéctica para un nuevo campo, una “ilustración” femenina, que ayuda además a establecer cuadros académicos que salten de las aulas al activismo en un constante flujo de teorización y práctica.
Etnocentrismo no, gracias. (hay que dejarnos crecer)
Y con crecer me refiero a nosotras y nosotros, los occidentales. Las kurdas no se consideran a sí mismas feministas. Puede que sea un concepto demasiado occidental y lejano a la realidad que vive este pueblo. Consideran al feminismo “the rebel of the oldest colony”, y pese a comprender que están en una constante interrelación con el mismo que es esencial para su desarrollo, desde la Jineología ponen de manifiesto su estructura fragmentada, su imposibilidad para superar los límites del patriarcado occidental, y la alianza de determinados sectores en pro del liberalismo.
Hay quien criticará que las mismas que articulan la Jineología atribuyan en gran parte su origen a su líder cautivo, Abdulla Ocalan, al que tienen como un referente esencial por el marco que estableció en torno a la lucha por la liberación femenina. En su obra “Liberating life: Women’s Revolution” Occalan hace un análisis histórico muy interesante sobre los orígenes de la dominación masculina y las claves para la liberación femenina en el contexto kurdo. En una sociedad como la kurda, el papel de Occalan no puede entenderse desde el paternalismo sino desde un compromiso sólido, revolucionario, de un hombre con la liberación de la mujer.
Igualmente, me afirmaron, que fueron los padres de las milicianas los que las instaron a marcharse a la montaña, donde se sabrían protegidas y entrenadas por otras mujeres en espacios mucho más seguros que su propio hogar.
Volviendo a Ocalan y su teoría sobre la mujer, esta visión filosófica y social no es en absoluto una maniobra táctica ni política para mantener la mujer ligada a la lucha, afirma el propio autor. [2] El recorrido ideológico del líder kurdo ha pasado del marxismo leninismo ortodoxo a ser influido por neomarxistas como Wallerstein y su teoría del sistema-mundo y por el socialismo libertario de Bookchin[3], (ejem) integrando las ideas de los movimientos feministas y ecológicos en su “confederalismo democrático” que articula a principios del s.XXI . En torno a este giro ideológico hay un enorme debate, especialmente en el entorno militante. Pero yo he venido a hablar de mi libro y prefiero no hablar sobre lo que, con sinceridad, no tengo conocimiento suficiente pero si muchos prejuicios.
Simplemente recordar que visibilizar a Occalan no invisibilice a otras voces esenciales: Sakine Cansiz, alias Sara, asesinada en 2013 a tiros en su centro de información del Kurdistán en París, es una fuente esencial para aprender del movimiento kurdo. Su crónica sobre la fundación del PKK[4] es un texto en el que no solo afronta la coyuntura política del momento –los turbulentos 70 en Turquía- sino que habla de sus dificultades como mujer a la hora de militar. Por cierto, no tienen desperdicio los cables de Wikileaks que la diplomacia americana ha dedicado al PKK como organización terrorista y que tenían a Sakine Cansiz muy localizada: este de 2007 por ejemplo [5].
A partir de estas tres lecciones extraídas surgen más y más preguntas. Mi fascinación y admiración hacia la autoorganización de las mujeres kurdas –con un poquito de envidia sana y frívola, lo admito- ha crecido exponencialmente. Ver la movilización social de Estambul ante la masacre de Ankara y la fuerza del HDP ha sido un revulsivo político de esperanza en medio del escepticismo político cotidiano.
Pero sigue habiendo cuestiones que chirrían, como la instrumentalización paralela a la visibilización, consentida o no, de este movimiento. Esta tendencia simplifica y sesga su lucha, que, por poner un ejemplo, ha sido objeto de culto de la revista Marie Claire[6] , y abordada en artículos que aparecen en medios dudosamente afines a sus valores originarios, como BBC o El Mundo –el nuevo mejor amigo del Kurdistán- por no mencionar el paternalismo con que se les ha abordado en otros, -como las crónicas de Russia Today- que enfocan la cuestión con tanta admiración como condescendencia. En resumen, una instrumentalización que no es nueva, de la potente imagen de la mujer combatiente, para fines espúreos y bastante menos nobles, muy en consonancia con el baile de alianzas regional.
Es muy atractivo retratar un ejército redentor de hermosas amazonas que atormenta al DAESH, pero convendría andarse con cautela, porque con la misma dialéctica de la “liberación femenina” frente a la represión del coco-islamista justificó EEUU su intervención en Afganistán o Irak. Ahora, habiendo encontrado quien le hiciera el trabajo sucio, parecía que ganábamos todos, -o casi- excepto Erdogan, que ya tomaba cartas –y otras cosas que no son cartas- en el asunto. De ahí la preocupación por definir y comprender el papel de las YPG e YPJ en la guerra de Siria y las contradicciones que generan, desde fuera, sus alianzas con el Ejército Libre Sirio, sumada a la dificultad de las informaciones cruzadas y sesgadas que se alejaban mucho de los testimonios que se escuchan allí.
La realidad avanza muy rápido y a menudo a golpes muy dolorosos, como vimos en Ankara. Es paradógico terminar sentenciando algo así estando a 5000 kilómetros de Rojava, frente al ordenador, leyendo crónicas que otros escriben y escribiendo de guerras que matan a otras. Por ello vuelvo a decir que este acercamiento es un aprendizaje que ha sido un revulsivo personal y político, pero que se ha hecho desde la inexperiencia y la posición privilegiada de quien lo interpreta desde Madrid. Por ello es mejor terminar dando voz a quienes siguen en el terreno:
Si queréis estar al día, aquí están las crónicas de las compañeras de Rojava Azadi que están viviendo de cerca la revolución social:
Y si queréis informaros sobre la actualidad internacional en torno a Kurdistan con voz de mujer, aquí tenéis:
Y otro artículo fundamental:
http://www.alasbarricadas.org/noticias/node/35114?utm_source=twitterfeed&utm_medium=twitter

No hay comentarios.:

Publicar un comentario