domingo, 24 de agosto de 2014

La sombra del secuestro crece a un paso de la capital de México


La sombra del secuestro crece a un paso de la capital de México

El temor y la desconfianza callan las denuncias en los municipios aledaños al Distrito Federal. Más del 90% de los crímenes cometidos en el país no se acusan frente a las autoridades


Un policía vigila la entrada a Valle de Bravo (México). / JORGE RÍOS
La bienvenida a Valle de Bravo, una comunidad boscosa de 60.000 habitantes a unos 150 kilómetros de la Ciudad de México, deja claro al visitante a dónde está llegando. “El que más vale no vale tanto como vale Valle”. Pero la deslumbrante belleza del pueblo contrasta con las noticias que la han convertido en uno de los principales temas en la agenda de seguridad del país: el alza de secuestros. Al menos cinco personas han sido raptadas en los últimos seis días.

“El Gobierno del Estado de México reconoce alza en secuestros en Valle de Bravo”. “Diez en 15 días”. “Desaparecen cinco en una semana”. “Liberados dos secuestrados”. “Reconocen seis víctimas”. Valle de Bravo es un municipio del Estado de México, cercano al Distrito Federal y es el que más aporta al PIB del país. La sombra del secuestro a unos pasos de la capital mexicana ha llevado al Gobierno a enviar a más de 500 de policías y militares al pueblo para mitigar la emergencia. En cuanto a los policías municipales (de Valle de Bravo y otros municipios cercanos), otro medio millar, fueron retirados de sus puestos y enviados a Tlaxcala, a 250 kilómetros al este del lugar.
Los detalles exactos de los secuestros (nombres, circunstancias y, sobre todo, culpables) se escapan de la agenda pública, pero algunos se pueden averiguar en corto. “Yo conozco por lo menos a ocho personas de mi círculo que han sido víctimas de algún hecho delictivo”, reconoce un vallesano que pide que su nombre no sea mencionado.
Una de las entradas por carretera a Valle de Bravo. / JORGE RÍOS
"En México es más probable que te secuestren a que te asesinen", aseguraba a este periódico en febrero Renato Sales, el hombre al que el presidente Enrique Peña Nieto encomendó la Comisión Nacional Antisecuestros, la institución oficial dedicada específicamente a atajar este problema. Este sábado Sales dijo que de junio a julio de 2014 el número de averiguaciones previas [investigaciones] iniciadas por secuestro en México pasó de 113 a 98. Es decir, un 13,27% menos. Otras organizaciones habían dado a lo largo de la semana números muy distintos. La ONG Alto al secuestro, encabezada por Isabel Miranda de Wallace, había alertado de que en lo que va de 2014 se han registrado 1.951 secuestros. Pero hablar de estadísticas es complicado en un país en el que más del 90% de los delitos no se denuncian, según datos de 2014 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). Aun así, de acuerdo con el Sistema Nacional de Seguridad Pública, el Estado de México ocupó en 2013 el cuarto lugar nacional en secuestros y solamente entre este estado, Guerrero y Michoacán se concentraron cerca del 31% de los casos en ese mismo año.
En el negocio de una de las últimas víctimas, el encargado, ante los extraños, opta por negar que haya ocurrido algún hecho inusual en la comunidad aunque reconoce “cierta peligrosidad” en algunos caminos. “Hay rumores, hay comentarios”. Prefiere guardar silencio, aunque se sepa lo que ha ocurrido. Culpa de la “peligrosidad” que azota a Valle a la cercanía con Tierra Caliente: una región que abarca el Estado de México, Guerrero y Michoacán y que ha sido el epicentro de la violencia provocada por la violencia del narcotráfico y, en el caso de Guerrero y Michoacán, los choques entre autodefensas y sicarios en sus pueblos.
Una calle del centro de Valle de Bravo decorada antes de las festividades por el aniversario de la Independencia de México. / JORGE RÍOS
Valle de Bravo se sitúa en un importante punto estratégico entre el sureste mexicano, la capital y los caminos hacia el bajío y parte del norte del país. “Solo procuramos no andar mucho de noche”, explica el gerente del negocio aludido. También pide que su nombre no sea mencionado. “Valle es tranquilo”, repite como un mantra. Eso sí, insiste en que “los malos” vienen de fuera. “Toda la gente de aquí ya sabe. Es un pueblo chico”. Lo dice una vez más. “Valle es tranquilo”.
La presencia federal, si acaso, inquieta a los habitantes en un jueves cualquiera, en que el centro del pueblo rebosa de parejas, niños, vendedores de helados. Las calles están adornadas por motivos patrióticos por la cercanía del desfile del 16 de septiembre, que conmemora la independencia de México, y en el que participan las más de 60 escuelas primaria de la región a las que asisten casi 8.000 alumnos. Las señales que turban la normalidad son mínimas. Cruza un coche lleno de policías y un poblador grita con sorna: “Cuidado, no lo vayan a ver los zopilotes”.
Algunas de las residencias junto al lago de Valle de Bravo. / JORGE RÍOS
El desarrollo turístico y económico de Valle de Bravo germinó después de la construcción de la presa que lleva su nombre en los años cuarenta. Para la comunidad, hogar de miles de familias que buscan un sitio más tranquilo para educar a sus hijos y uno de los sitios de recreo para las familias más adineradas del país, nombrarla como uno de los focos rojos del país es un golpe al hígado a su industria hostelera, uno de sus pulmones económicos. “Allí va a vacacionar el 25% del PIB del país”, dijo esta semana Alejandro Martí, presidente de la organización México SOS.
Un profesor rural de Colorines, una comunidad de 5.000 habitantes a unos 20 kilómetros del centro turístico, explica: “Nosotros somos la mano de obra de Valle de Bravo”. Los padres de los alumnos a los que enseña, añade, trabajan en muchas ocasiones de veladores, trabajadores de limpieza, camareros y taxistas para los visitantes de la región. Afirma que el problema de la inseguridad no es nuevo y que las extorsiones, los secuestros y los asesinatos llevan años. “A todo el mundo le da miedo hablar. Pero si yo tengo la responsabilidad de enseñar… tengo que hacerlo”, cuenta en un café en el centro de Valle, a unos pasos del kiosco del pueblo.
Dos profesores rurales durante una entrevista. / J. R.
“Empezó hace tiempo. Un profesor de otro pueblo me dijo: ‘Las condiciones no están para que nos visiten’. La maña [los sicarios] les empezó a pedir los coches. Hemos llegado a durar dos semanas sin clases”. Todo esto fue antes de que llegaran los federales. “No podíamos confiar en los policías. ¡Era peor! No hacían nada. Solo miraban”. Afirma que había niños que incluso presumían ante sus compañeros de que sus padres se dedicaban al negocio de la extorsión. “Hay algunos que suelen comentar que sus papás se dedican a esto, que tienen casas de seguridad [el sitio donde mantienen a los secuestrados]. Yo solo les digo a mis compañeros que no digan nada. Pero te das cuenta de que andar en Colorines por la noche es un riesgo”.
Cuenta una anécdota. “Un profesor me pidió que lo llevara a Toluca [la capital del Estado de México, a 70 kilómetros al oeste de Valle de Bravo]. En el camino, se paró una camioneta de color negro. Se bajaron unos chavos, nos dieron unos madrazos [golpes], nos echaron para arriba y nos metieron a una casa de seguridad. Uno de ellos habló por teléfono y dijo: ‘Dice que es maestro’. Estaba hincado, con los ojos vendados. Me dijo: ‘Cabrón, nos equivocamos. No me voy a disculpar porque no acostumbro hacer eso. Pero sí te digo una cosa: si dices en tu comunidad que te pasó esto, tienes un problema’. No tendrían más de 18 o 20 años”. ¿Cuándo ocurrió? “Hace un mes”.

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